viernes, 12 de julio de 2013

Gora

El incongénere



Entzun arreen San Fermin
zu zaitugu patroi
zuzendu gure oinak
entzierro hontan otoi.
RECUERDO cómo la cámara de televisión nunca se detenía con los caídos. Corría con la manada. Claro, parecía hacerlo. Una red de objetivos preparados para recoger la velocidad y ofrecerla como los huevos fritos con chorizo del desayuno de los corredores. Y esa misma duplicidad arrollando, pisoteando, corneando sin parar en parar, adelante, adelante. «Más adelante —parecía decir—, lo guardo todo en mi ojo y luego os lo enseño, rumiaremos juntos cada golpe, cada gota. Veremos quiénes avanzan más lentamente rápidos en la moviola para coger a los parados, esos rezagados de la vida real o la fortuna. ¿Habéis escuchado el ruido de las varas de los pastores en mi tiempo muerto? La piedra, la madera, la piel vibran en culebrinas quemadas en mi retina, y más tarde llega como el sonido del trueno, del elástico y plástico pasado.»

    Podría argüir que es por ello que corro este año. Pero no tengo a nadie a quién decirle. A nadie le importa, y cada uno de los mozos tendrá sus razones —bien puede que las mismas mías—. El miasma, ahora, de estas calles conserva algo del de el ayer. Reduciendo todo queda nada. Nada más que el toro, porque toro o nada. 

    A hurtadillas he pasado una lija por los adoquines de la curva de Mercaderes. Y la fina lluvia, poco después, a las seis, completa el destrozo del trabajo de los, apenas, cuatro locos que apuestan aún por el género humano cubriendo con antideslizante el desgastado suelo. Yo he grabado esas piedras en mi propio objetivo, para tumbar la moviola. Todavía se le pide al santo antes de la carrera y se ha convertido en rezos de verdad. Hasta apareció un espontáneo —de lo menos espontáneo, fuerza de la costumbre del no pensar, que hoy lo regurgita a la puerta de los corrales de Santo Domingo— agitando un periódico. ¿De dónde lo sacaría? ¿Puede que haya sido capaz de enrollarlo, incluso? Algunos ríen, yo entre ellos. Va a durar tanto como a los que yo voy a empujar por Mercaderes a levantar para siempre… 

    Qué bonitos son los toros, qué sanos sobre todo. Mientras pongo zancadillas intento sentir algo más que su belleza, no puedo. Imagino una dehesa abierta al sol y a las encinas. Pienso que soy un toro y nunca voy a cambiar, siento terciopelo caliente sobre los músculos y ladeos de testuz admirados e intentando pillar el instante anterior a que giren mis pitones negros. En estas llegamos y pasamos Estafeta, un curioso mira por las gateras y no se sorprende, se toma su tiempo, va caracoleando, rasca su piel contra las vallas…, cae —sabrá Dios cuántas veces se ha levantado— el pertinaz zombie del periódico y el animal revienta su cráneo de un astazo, misericorde. Yo, incongénere, entro en la plaza haciendo recuento de los pocos corredores para el siguiente encierro y solo volviendo el oído atrás a un alucinado trueno que asciende de las piedras. Lento, muy lento. 


    Y no vamos a desayunar, puede que mañana sí tengamos hambre.