lunes, 11 de febrero de 2013

Quien tiene un amigo, tiene un tesoro II

     ES una constante que tengo grabada: «Quien tiene un amigo, tiene un tesoro». De hecho, es la segunda vez en este espacio que titulo así una entrada (de ahí, lo del «II», y ojalá llegué a un número que ningún romano hubiera sido capaz de concebir). Y también a fuego tengo la asociación de los amigos, los tesoros y las islas, creo que La isla del Tesoro es la culpable: además de la extraña (y funcional) interpretación de la amistad de Long John Silver con el niño Jim, fue Ben Gunn, guardián de la isla, del tesoro y marginado de sus afectos humanos y lácteos quien me soldó a la palabra «tesoro»: de un lado, «isla», y del otro, «amigo». También hablaba en la otra entrada de qué me llevaría a una isla desierta. ¡Y lo hice! 


     Pero antes de islas hablemos de tesoros. 

     Como no podía ser de otra forma, este amigo del que tengo tantas ganas de hablar desde hace... ¡buf! está implicado con la isla a la que me fui con mis mejores prendas. ¡Boris, te llevo en mi maleta!

     Manuel Navarro Seva, Boris Rudeiko, amigo, y autor de Cosas que nunca confesé a nadie y Sobre la sangre derramada. No por ser amigo tengo que hablar bien de sus letras, sino que pienso que... ¿Cuántas personas tienen la suerte de contar con un gran escritor como amigo? Sí, yo soy una de esas personas afortunadas. Y atesoro su amistad con la avaricia de Ben Gunn.

     Más de una vez he comentado en conversaciones con Esther sobre lo que la palabra escrita representa a su autor. Ella dice que no, yo digo que sí. Esther mantiene que unas letras bellísimas pueden ser el nido de una sabandija; yo, que en la guarida de una alimaña puede haber o no haber letras bellas, pero seguro que lo que sí hay siempre son huesecillos triturados, restos de tendones roídos (y también raídos), nervios, dientes, pelo y uñas: gemelos amorfos a toda esa letrada belleza que pretendan ofrecer al exterior de su arruinado corazón. Y algunas de esos especímenes infectos, ni eso, claro. Y precisamente en el alma de Boris Rudeiko no hay puertas secretas. Hace poco leí en una reseña que un lector de Manuel dejó en Amazon (Cerebro, creo que se llamaba) sobre su obra algo así como que alguien de gusto barroco no podría degustar de la lectura. Con lo que no acuerdo. Yo soy de gusto churrigueresco, pero no me confunde el oropel; es decir, el barroco no trata sobre amontonar sillones Luis XV encima de lamparas de cristal de bohemia y coronar con doseles de capitoné, eso, en tal caso, sería un síndrome de Diógenes. El barroquismo tiene «ton» y tiene «son». Lo mismo que el minimalismo (al cual no soy afecta) no consiste en quemar todos los muebles de la casa. Puede resultar más sencillo dejar una habitación en «blanco» pero entiendo que el minimalismo trata sobre la —una más— concepción del «espacio», lo mismo que el barroquismo sobre la concepción del «no espacio». Incluso, pienso, que pueden ser más afines de lo que a simple vista parezca: una distribución minimalista con un estilo barroco.

     Pero a lo que iba, Manuel Navarro Seva escribe igual que es, su distribución de letras es la justa a la distribución de lo que cuenta y parejas, ambas, a su ser. ¿De qué escribe? Escribe retratos: de personas, de situaciones, de lugares... Lo que nunca le leí fue un bodegón. Si Boris hubiera nacido en el siglo XVIII, él habría pintado desde Los pícaros a La duquesa de Alba y, sin duda, habría acometido con éxito La familia de Carlos IV.

     ¿Hablamos de pintura, entonces? No, hablo de cuentos pintados, con maestría, con soltura, con desparpajo, con precisión. Y con el corazón que subyace, no bajo la técnica impecable, sino en la escritura. Un corazón elegante, un corazón dandi, que como buen caballero, discreto. Un corazón que no sobresale, que no se mete en medio, porque simplemente está. Y siempre puedes contar con él. Y lo que cuenta es eso, lo mismo que quien lo cuenta es eso, el corazón.

     Y es por eso: que, aunque soy una de las personas afortunadas de contar con la amistad de Boris, también son los lectores de Manuel unos favorecidos, pues disfrutar del «color» de un corazón tan bello está al alcance de todos. Al leer sus cuentos, testimonios de vidas que pueden ser las nuestras de cada uno y de todos, se siente esa compañía grata, se siente lo mejor de la globalidad, que todos viajamos —como decía Fox Mulder— en la misma roca viajera, pero al contrario de la sensación de inmensidad, de desamparo en el universo, de la compañía de Boris, Manuel, se siente la ausencia de la soledad. Creo que esa distribución del espacio es minimalista por lo que ya dije, pero sin duda es barroca por lo que llena esa falta del desasosiego. Llena, complace y sí, es un lujo que ni en Versalles, me consta. Yo soy amiga de Boris y, además, una afectada de sus letras. Aunque mi boca siga siendo un sinfonier de la corte del rey Sol, tengo un cajón minimalista, lleno de inexistencia de soledad. Su decoración es escasa, es funcional y ¡funciona!, vital, late. Allí están Cosas que nunca confesé a nadie y Sobre la sangre derramada. Y Boris Rudeiko, ¡un tesoro!



     Si desean leer dos reseñas que expresan mejor lo que son las obras de Manuel Navarro Seva les recomiendo de forma encarecida:




Reseña de Esther de Cosas que nunca confesé a nadie




Reseña de Elisabet de Cosas que nunca confesé a nadie













Reseña de Esther de Sobre la sangre derramada





Reseña de Elisabet de Sobre la sangre derramada














2 comentarios:

  1. Es medianoche, pepsi, casi no he podido llegar al final de tu reseña, me ha emocionado tanto; ahora tendré que intentar dormir y eso, después de todo lo que has escrito, creo que me va a resultar difícil. Qué bueno es tener una amiga como tú.
    Gracias.
    Un abrazo,
    Boris

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  2. Boris, es que eres un tío de pm. Un amigo-amigo, de los de verdad, y además, escritor.

    Si es que yo tengo una gran suerte, cuando paro un momento a pensar, a «hacer inventario» de las personas (humanas y animales) y cosas buenas que tengo, joer... ¿Qué más le puedo pedir a la vida? Sin duda, perdón, porque me lo llevé todo de calle.

    Besos!
    pepsi

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